1/2.- REFLEXIONES VERANIEGAS ENTORNO AL MOMENTO POLÍTICO QUE VIVIMOS Y SU REPERCUSIÓN EN LA PROBLEMÁTICA DE LA VIVIENDA

Mientras avanza la legislatura sin Gobierno constituido, los problemas de la vivienda, los desahucios principalmente, tienen un respiro hasta setiembre. Es tiempo de reflexión. La negativa clara del PSOE de llegar a un acuerdo de gobierno con Unidas Podemos – UP- muestra a las claras el enorme poder del «IBEX35» sobre los partidos constitucionales. Las tímidas medidas de un keynesianismo ligth de Podemos en materia de vivienda son un monstruo no digerible para ese «status quo».

Un ejemplo es el tímido control de precios del alquiler que propuso UP que el PSOE ni siquiera ha querido discutir aún siendo una medida que se ha mostrado inútil en los términos planteados en otros países de Europa. La Ley de Arrendamientos Urbanos – LAU- de la que es padre el PSOE es intocable como lo son las ventajas fiscales a la propiedad a pesar de ser insostenibles. Es como un pilar del régimen heredado del franquismo.

Mientras toda la problemática de la estafa hipotecaria parece como si hubiera pasado a mejor vida, ni la izquierda ya habla de ella, de manera que los 4 grandes bancos que quedan se pueden ir de rositas. Hay más de 60.000 familias en moratoria de desahucio desde el 2013 y miles de demandas judiciales esperando una medida política en los juzgados que acabe permita hacer de la vivienda habitual un bien inembargable.

El PSOE en su PROPUESTA PARA UN GOBIERNO DE PROGRESO llamada Propuesta Abierta de Cooperación para un Gobierno Social, feminista, ecologista, europeísta y progresista (*1) no ha escrito ninguna medida seria para atender los miles de familias que cada día padecen violencia inmobiliaria.

Esta clase política viven al margen de la realidad o bien saben que están ya cooperando en una involución del régimen como explica este artículo publicado en el elsaltodiario.com del periodista José Luís CARRETERO que reproducimos en 1/2 – reflexiones veraniegas 2019.

  1. psoe, <<ESPAÑA AVANZA>>

La investidura fallida y el consenso del régimen

Ha quedado claro para cualquier observador atento a las palabras del presidente que no hay espacio para las políticas socialdemócratas en la normalidad institucional actual de nuestro país.

La fallida investidura de Pedro Sánchez ha dejado al desnudo muchas de las fallas esenciales de nuestro sistema político. La democracia española, sin ropa, es mucho menos estética de lo que parecía a primera vista.

Empecemos por el principio: lo que hemos visto en la investidura no es otra cosa que la negativa de un partido de centro social-liberal (el PSOE) a compartir ninguna cuota de poder efectivo con la suave socialdemocracia española (Podemos). Pedro Sánchez, líder del partido que ha sido el principal pilar del llamado régimen del 78, y que ha implementado casi todas las reformas liberalizadoras en lo económico de las últimas décadas, sólo ha estado dispuesto a ofrecer a Podemos (un partido con un programa tenuemente socialdemócrata, que se expresa en una tímida intervención gubernamental en la economía) una participación claramente subordinada y poco más que decorativa en un futuro gobierno de coalición. Es más, todo parece indicar que Sánchez ni tan siquiera tenía una seria intención en ese sentido, sino que más bien buscaba la manera de provocar a la dirección podemita y desacreditar al partido, objetivo ampliamente cumplido.

Así, ha quedado totalmente claro para cualquier observador atento a las palabras del presidente que no hay espacio para las políticas socialdemócratas en la normalidad institucional actual de nuestro país. Que el líder que con más ahínco las defiende haya sido tildado públicamente de “ajeno al consenso democrático” y que se considere imposible su participación en un gobierno de centro-izquierda hasta el punto de constituir un elemento innegociable (más allá de sus muy discutibles dotes para el trabajo en equipo en condiciones de convivencia virtuosa) pone negro sobre blanco, ante nuestra vista, que Podemos, un partido que defiende una suerte de keynesianismo suave en lo económico y una cierta convivencia liberal en lo relativo a los derechos civiles, para los actores del llamado consenso democrático nacido en la Transición es algo así como una especie de núcleo radical pseudo-marxista. Está excluido de cualquier hipotética participación en el poder real.

Eso nos muestra, con claridad, en que consiste ese denominado “consenso constitucional” construido en los años 70. El neoliberalismo es la textura básica del régimen político construido por conservadores y social-liberales a la salida del franquismo, no una política económica coyuntural que un nuevo gobierno puede desmontar o variar. Pese a que la Constitución aprobada en 1978, en su literalidad, mantiene algunos mimbres keynesianos, y realiza (con mucha cautela) maniobras de apertura de una pluralidad de posibles formas de gobierno en lo económico y en lo social, llegando incluso a insinuar de alguna manera una cierta posibilidad de limitar el reinado de la propiedad privada y de la economía de mercado, lo cierto es que estas declaraciones han devenido (o lo fueron desde el principio) letra muerta.

Esto es así porque la constitución material del régimen nacido en la Transición (como reforma y evolución del franquismo, y no como ruptura democrática con él) no está conformada esencialmente por las promesas efectuadas en la letra de la Carta Magna, sino por los pactos y mecanismos de articulación entre los grupos políticos, empresariales y territoriales que la acompañaron.

Los Pactos de la Moncloa, una limitada Ley de Libertad Sindical confeccionada expresamente para impedir la reconstrucción de la principal tradición sindical anterior al franquismo, un régimen electoral fuertemente orientado al bipartidismo, la idea y práctica del consenso y el reparto de poder entre conservadores y social-liberales, hasta el punto de llegar a su consideración como patrimonio cuasi-exclusivo, forman los mimbres esenciales del llamado Régimen del 78 en mucha mayor medida que muchos de los ornamentales artículos constitucionales que abruman y alimentan los sueños húmedos de gran parte de nuestra izquierda institucional.

Ese consenso, base del régimen, tuvo su ya fenecido “momento progresista”, limitado y encauzado fundamentalmente a la ruptura de la tradición nacional-católica en cuanto a las costumbres de la vida cotidiana, imposible de equiparar a sus equivalentes en una Europa que acababa de salir de la gran sacudida cultural de mayo de 1968. Pero lo que nunca (y nunca, es nunca) se ha puesto en cuestión es la esencia neoliberal de la política económica implementada en el marco de la sucesión de gobiernos conservadores y social-liberales en que ha consistido nuestra historia de los últimos cuarenta años.

¿Es posible, pues, una política socialdemócrata en nuestro régimen político? No con un régimen electoral construido para alimentar un reparto del poder entre dos familias que, además, están de acuerdo en lo esencial de la política económica a aplicar. No es un problema de literalidad de la Constitución, sino de la conformación efectiva, material, del bloque histórico que gestiona el poder desde hace cuarenta años, bajo la batuta de sus financiadores empresariales e internacionales.

Por eso Pablo Iglesias puede dedicarse a leer la Constitución en la televisión todo lo que quiera, sin convencer a nadie de nada, ni hacer posible ninguna novedad de ruptura, siendo considerado un radical con el que no se puede pactar y Vox, epílogo del franquismo sin veleidad keynesiana alguna, es considerado, sin embargo, como un partido aceptable en el baile de las sillas de los políticos del régimen. Abascal no tiene política económica alguna, o, más bien, sólo defiende aquello que está en el corazón del consenso del régimen desde sus inicios: las “reformas”, la “austeridad”, el neoliberalismo. Cuestión de un consenso que admite gradaciones en las políticas, pero no variaciones. Caben Hayek o Ayn Rand, pero no Keynes. Ni tan siquiera un Keynes suavizado y desarmado por décadas de derrotas de la izquierda institucional.

Podemos no ha hecho más que reiterar la ya vieja maldición del PCE: obnubilado por la beatífica visión de un texto Constitucional que parece dejar espacio para una pluralidad de formas políticas, para posibilidades al menos algo abiertas, pero finalmente sometido al escarnio de ser dejado fuera del consenso real del poder material, constituido por la trama estructural del bipartidismo y sus articulaciones con el poder económico y los actores globales. Un PCE que, con sus sucesivas mutaciones, nunca ha podido aspirar a nada más que algo de poder local y una función esencialmente decorativa, que legitima al tiempo que apuntala, el auténtico “bloque constitucional”, en términos sociales, que no tiene fisuras ni permite la entrada de nada ajeno al consenso neoliberal.

Toda la insistencia podemita en la letra de la Constitución (esa letra que parece, muy tímidamente, abrir espacios para diversas lecturas) se convierte, pues, en un juego vacío, fantasmal, en un espejismo. Lleva a la izquierda social a una cámara de eco, donde sólo ella se escucha a sí misma. Y es que la letra de la Constitución del 78, sea cual sea, viene acompañada de una música repetitiva que la sobre-determina y la vuelve un holograma inasible: el ritmo sincopado del pacto esencial de las distintas fracciones de un poder real que nunca ha dejado de serlo ni de coordinarse. En esa música, puede identificarse la melodía de Vox, pero no los compases de la socialdemocracia, aunque se disfrace de populismo o de “democracia posmoderna”.

Esta es la esencia del problema de la investidura: Podemos está excluido, porque la socialdemocracia está excluida. Y tiene tres opciones: unirse al consenso neoliberal y olvidarse de la idea fenecida de disciplinar, aunque sea mínimamente, a los capitales, aceptando que la única política de izquierdas factible es la cultural-posmoderna; mantenerse en sus trece y aceptar una posición decorativa y subordinada que le de algo de poder a algunos de sus ambiciosos dirigentes, pero siempre en un segundo plano; o pugnar por romper el régimen y olvidarse de la poética absurda del texto de 1978 para afirmar la necesidad de un proceso constituyente abierto a las clases populares.

Pero esto último, que era el gran mantra ya olvidado del 15M, precisa para su implementación de un proceso de empoderamiento de la clase trabajadora y determinadas fracciones en proceso de proletarización de la clase media que, muy probablemente, barrería con todo posible límite autoimpuesto a su expresividad política y, por ello, también muy probablemente, con el actual Podemos y su dirigencia. Abrir la caja de Pandora del poder y la palabra populares es algo que aterra a todo aquel que quiere vivir plácidamente de representar a las multitudes mudas. Y en eso estamos. Dicen que sin gobierno, pero con un firme e incontestado gobierno neoliberal imponiéndose sobre nuestros desvelos cotidianos.

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